martes, 29 de abril de 2014

OCHO FORMAS DE PERJUDICAR A LOS HIJOS

1. Ignore o minimice los sentimientos de sus hijos. Si su hijo está expresando tristeza, ira o miedo y se lo humilla, ignora o se minimiza lo que siente, se pierde la oportunidad de construir junto a él conexiones abiertas, enseñándole a conectarse con libertad y a saber que es amado incondicionalmente
2. Reglas inconsistentes. Si nunca habla de sus expectativas, usted priva a su hijo de saber cómo comportarse adecuadamente. Las reglas les dan pautas y límites para ayudar a definir quiénes son, qué es bueno y malo. Si mantiene a su hijo en la posición de adivinar y creer que la vida es vaga, comenzará a actuar para encontrar los límites propios, lo que conducirá a una baja autoestima y a problemas de comportamiento.
3. Haga que su niño a su amigo. Nunca comparta todas sus preocupaciones, inquietudes y problemas de relación con su hijo o pida su consejo. Usted debe mostrar a sus hijos que usted puede hacer frente a los problemas, a los desafíos, que puede manejar la vida y salir adelante. Sea honesto con sus emociones, pero no cargue a sus hijos.
4. Desvalorice al otro padre del niño. Si nunca muestra afecto y amor a su pareja, si siempre está dejando a su cónyuge mal parado y presenta el divorcio como una amenaza, crea un estado crónico de ansiedad de su hijo. Si ya está divorciado y permanece frío, distante, amargo, enojado y culpando a su ex cónyuge, usted está enviando el mensaje sutil a su hijo que su ex cónyuge es la causa del divorcio. Ésta es una alienación de los padres.
5. Sancione la independencia y separación. Cuando se castiga a los hijos por crecer, ellos se sienten culpables por tener necesidades y deseos que a menudo nos causan una profunda inseguridad, pero de esa forma, se impide su desarrollo como personas independientes.
6. Trate a su hijo como una extensión de usted. Si como padre, vincula su propia imagen y su autoestima a la apariencia de su hijo, al rendimiento, a su conducta, a las calificaciones y al número de amigos que tiene, le hace saber que no es amado por lo que es, sino por lo que hace correctamente y por lo bien que se ve.
7. Entrométase en las relaciones de su hijo. Ser directivo cada decisión que su hijo tome en sus relaciones ya sea con sus amigos o con sus profesores, inhibe su crecimiento.
8. Protéjalo en exceso. Cuando protegemos a nuestros niños de todos los problemas y de la emociones, creamos un sentido de derecho y una autoestima inflada que a menudo cruza la línea hacia el narcisismo. Ellos esperan que la vida sea más fácil de lo que es. Ellos quieren que todo se haga para ellos, no importa cómo se comporten. Por lo tanto, se deprimen y se confunden cuando no obtienen lo que ellos creen que se merecen.

 por S. Campbell

ENSEÑAR A PREGUNTAR


Sabemos que la distribución del derecho a la pregunta no es igual para el maestro que para el alumno. Tradicionalmente el docente es el que interroga y el niño se siente, en una clara interpretación del mandato social, obligado a la brevedad. 
Paulo Freire (1921-1997) analiza el problema y, entre otros aspectos, habla del miedo a la pregunta por parte del maestro.
Los maestros tenemos que hacer florecer la curiosidad del niño, crear junto a ellos herramientas de búsquedas conjuntas, en síntesis enseñar a preguntar. Aunque nos saque muchas veces de la zona de comodidad.
Necesitamos incluir a todos, comenzando por el niño preguntón que no debiera sentirse como un estorbo, el desafío es enseñarle a preguntar y a argumentar con respeto. También es importante ayudar al alumno que pregunta lo obvio, a ajustar sus dudas, a hilar más fino. Y por supuesto, no olvidemos al alumno tímido, que tiene que ser alentado a expresarse, aunque nos alejemos del estéril confort de su silencio.
El niño que pregunta y se pregunta será un ciudadano que no aceptará cualquier respuesta, será un ser creativo abierto y perseverante, pues sabrá que no hay una sola respuesta y menos aún definitiva. 


 por Mónica E. López 

LA INMOVILIDAD DE LOS NIÑOS


Estamos viviendo un conflicto entre los hijos y sus padres, porque los niños piden salir de su casa y jugar, y los padres vigilancia y lugares protegidos. La política, lamentablemente, se pone siempre del lado de los padres. Por eso, estamos pidiendo que los políticos acepten ponerse del lado de los niños favoreciendo su autonomía, por ejemplo, armando caminos para que puedan ir a la escuela solos. Si los niños van a la escuela sin adultos corren, juegan, hacen bromas, se divierten.
Las investigaciones hechas en Europa y Estados Unidos demuestran que los niños piden, siempre, jugar con otros niños. La permanencia de los niños frente a la televisión es muy peligrosa, no por los contenidos –yo confío mucho en la capacidad crítica de los niños– sino por lo que la televisión impide. Los niños son perezosos y engordan y la obesidad infantil va a ser el gran problema de salud de los próximos años. La causa es la inmovilidad de los niños.
Los cursos de gimnasia no son suficientes para adelgazar. Hay que dejar que los niños jueguen libremente. En el curso del fútbol los niños no se mueven como quieren, sino como les dice el entrenador. Los niños han desaparecido de la ciudad y tienen que recuperarla. 


por Francesco Tonucci

LA REEDUCACIÓN DE LOS PADRES

Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida. Cualquier padre responsable y razonable sabe que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?

 por Fedor Dostoievski 

JUGAMOS A LAS ESCONDIDAS?



La forma más común de jugarse en grupo es la búsqueda realizada por una persona del resto de los integrantes del grupo que se han escondido mientras esta última cuenta. El "buscador", apoyando su brazo primero y después su cabeza sobre él en un lugar determinado, comúnmente un pedazo de pared llamado piedra o salvo, comienza a contar en voz alta hasta un número determinado; durante esta instancia el resto de los niños deben esconderse y cuando termina de contar el buscador comienza la tarea de descubrir a los demás. El buscador termina de contar con alguna frase ritual que da por terminada la espera. Es común por ejemplo que se diga: "punto y coma el que no se escondió se embroma". Si durante el juego algunos de los que se esconden sorprenden al buscador y llegan a tocar la piedra antes que él, puede dejar libres a todos los compañeros, dando por terminado el juego. De no ser así el juego termina cuando se descubre al último de los integrantes. Ante cada descubrimiento se debe nombrar y señalar a la persona descubierta en voz alta y luego tocar el lugar de salvo.
Los juegos de ocultamiento generan y recrean ansiedades que deben ser controladas para que el juego pueda llevarse a cabo con éxito. El alerta de quien juega a ocultarse, la evocamos con sólo recordar cuando en la infancia, escondidos detrás de una puerta, sentíamos en el pleno silencio, los pasos de alguien que se acercaba a descubrirnos, a cantar "salvo", impulsándonos a salir del escondite y correr a tocar el pedazo de pared que mágicamente se convertía en el lugar que aseguraba nuestra tranquilidad y resolvía la tensión.
El cuerpo, el movimiento, los sonidos, la visión, el espacio y el tiempo, son variables que se redimensionan en los juegos de ocultamiento.
El cuerpo: Para esconderse en un lugar hay que tener una mínima conciencia de la dimensión y el perímetro del propio cuerpo. Las primeras veces que el niño se oculta, siendo pequeño, debe hacer un aprendizaje particular que consiste en elegir un lugar que pueda albergar al cuerpo en forma total, y que no queden partes sin ocultar que lo delaten frente a la mirada atenta de quien lo busca. El Movimiento: El ocultamiento del cuerpo requiere de inmovilidad, el movimiento en el espacio del escondite podría ponerlo en descubierto. No se trata de la distensión que produce la quietud, se trata de una inmovilidad en tensión, de una inhibición forzada del movimiento que espera para abrirse en forma explosiva corriendo a "salvar" su situación, sorprendiendo al niño que intenta descubrirlo. No se trata de quien descansa, sino de quien espera alerta para salir corriendo.
Los Sonidos: Cuerpo inmóvil y en silencio. Todo ruido que se produzca puede ser usado por el buscador para orientarse en el espacio y descubrirlo. Los sonidos son indagados, interpretados, al igual que los sonidos que se escuchan desde el dormitorio en la mitad de la noche. Los ojos y la boca pueden cerrase, el cuerpo se inmoviliza, pero el oído no puede cerrarse ni inmovilizarse naturalmente. Aquí el cuerpo se orienta con relación al sonido que percibe.
La Visión: Para el buscador, la escondida implica una pérdida del control visual del otro, de quien se esconde, su tarea es encontrarlo sin alejarse del lugar donde ha contado, en cualquier momento y desde cualquier lugar puede aparecer el otro para ―cantar el salvo. Para el que se esconde también hay una pérdida del movimiento y de la palabra, debe desaparecer ante la mirada del otro, para esto se agrupa, se contrae, se estira, contiene la respiración. Es una vivencia de inquietud, de tensión. Quien está oculto no sabe cuándo y por dónde va a ser descubierto, de la misma manera que el que busca ignora la ubicación
del otro. En algunos niños esta situación de quietud, de silencio y de pérdida de la visión no es tolerada, y es ahí cuando son descubiertos. El Espacio: Las escondidas redimensionan el espacio, no son ingenuas las puertas ni los rincones, el niño busca en qué lugar tendrá cabida su existencia pronta a ser descubierta. La elección del espacio es parte esencial de la estrategia. La cercanía o la lejanía del lugar que se establece como piedra o salvo puede garantizar el éxito, así como también un buen lugar demanda de una elección previa y esta elección implica tener en cuenta no solamente el
lugar para esconderse sino el trayecto que luego hay que recorrer hasta el lugar designado como salvo (piedra). Requiere de la organización y puesta en práctica de una praxia, de un proyecto-motor, planificación y ejecución secuencial. También debemos tener en cuenta que previamente el espacio de juego, si se juega en lugares abiertos, es delimitado alrededor de la cercanía de la piedra donde el buscador debe contar. Más allá de este límite fijado está prohibido esconderse.
El Tiempo: Durante el juego, la primera vivencia de temporalidad está en el lapso
destinado a esconderse, en el tiempo que el buscador tarda en contar. El niño que no se esconde en este lapso queda descubierto. No sólo es necesario esconderse por entero, inmóvil, en silencio y en un espacio estratégico, sino que es necesario hacerlo en un tiempo determinado. Una segunda problemática se presenta cuando hay que salir de este lugar, para tener éxito hay que hacerlo en un momento preciso. El juego requiere organizar movimientos en el espacio, en un momento determinado. Otro de los fenómenos donde el tiempo cobra presencia es en la espera, y en los juegos de ocultamiento la espera se debate entre la anticipación y la demora. La espera genera ansiedad y esta se vive a nivel corporal.
Los juegos de ocultamiento posibilitan un aprendizaje del control de la ansiedad. En muchos niños prevalece la anticipación, principalmente niños con extremada inquietud, con rasgos de inestabilidad psicomotriz. La inhibición, en cambio, puede generar demoras.
Las escondidas son juegos de tensión y distensión; de ausencia y presencia; de repliegue y despliegue del cuerpo; de ver y no ver; de luz y tinieblas; de soledad y compañía; de buscar y ser buscado; de exploración y descubrimiento de los espacios; de silencio y ruido; de impresión y expresión; de movimientos lentificados y acelerados; de encuentro, reencuentro y desencuentro.


 por Daniel Camels

LOS ENEMIGOS DE LA CREATIVIDAD



Vigilancia. Significa influir sobre los niños haciéndoles sentir que están permanentemente observados mientras trabajan.
• Valoración. Los niños deberían preocuparse principalmente por estar satisfechos del resultado alcanzado, y no concentrarse en el modo en el que son valorados por los otros, o en lo que pensarán de ellos sus compañeros.
• Recompensas. Este error consiste en el excesivo uso de premios. Si se hace un uso excesivo de las recompensas, éstas privan al niño del placer intrínseco en la actividad creativa.
• Competición. Significa poner a los niños en una situación en la cual o se gana o se pierde, y en la que sólo una persona puede llegar a la cima (aunque, no obstante, pueden ejercerse competiciones sanas que alimenten el espíritu de grupo).
• Excesivo control. Consiste en decir a los niños cómo deben hacer exactamente los deberes, cómo deben ayudar en casa e incluso cómo deben jugar. Esto induce a los niños a creer que cada originalidad es un error y que cada exploración una pérdida de tiempo.
• Limitar las opciones. Significa decir a los niños qué actividades deberían emprender, en lugar de dejarles que vayan solos donde les lleven la curiosidad y la pasión. Sería mucho mejor dejar que el niño elija aquello que le interesa, y después apoyarle mientras sigue sus inclinaciones.
• Presión. Consiste en crear expectativas grandiosas en torno a la capacidad de un niño.


 por Teresa Amábile

jueves, 27 de marzo de 2014

Decálogo de lo que NO debemos hacer con un hijo



 Decálogo de lo que NO debemos hacer con un hijo  Alejandro Jodorowsky
En el camino del autoconocimiento encontramos muchas herramientas. Una es la metagenealogía. Con ella tomamos conciencia de lo que nuestros padres no hicieron tan bien. Debemos actuar para que sus errores no se conviertan en patrones de comportamiento de nosotros hacia nuestros hijos. En base a ello, Plano Creativo te propone el siguiente decálogo de lo que NO debemos hacer con nuestros hijos:
(Si algo de lo que se expone a continuación ya lo hemos hecho, no debemos culpabilizarnos, sino parar… y reparar el posible daño causado).
1.- Ponerle el nombre de un antepasado, familiar vivo, antiguo novio o novia, personaje histórico, novelesco, etc Al pasarle un nombre, le pasamos una identidad
2.-Enviarle mensajes de que fue o es una “carga” (incluso durante la gestación) Esto hará que tienda al fracaso, por no verse digno, a padecer sentimientos de culpabilidad, o incluso a manifestar comportamientos autodestructivos.
3.-Calificarlo de forma negativa: “eres flojo”, “eres malo”…
En los niños la identidad se forma como un reflejo de lo que sus mayores, como en un espejo, proyectan sobre él con sus verbalizaciones y también y más importante aún, mediante la comunicación no verbal. Si le dices a un niño eres un “demonio”, será un “demonio”…
4.-Proyectar sobre él lo que los padres no pudieron realizar en sus vidas: “este será médico”…
Sería una forma de alejarlo de su propio proyecto vital. Por lealtad, seguirá lo marcado por los padres que es el camino directo hacia la no-realización personal.
5.-Compararlo con cualquier miembro de la familia, ni para bien, ni para mal.
Si te comparan con otra persona cuando eres niño, te programan para seas esa persona. Si las expectativas son muy altas, siempre vivirás frustrado, si las expectativas son muy bajas, fracasaras como el modelo que te impusieron.
6.-Decirle que estamos orgullosos de él.
Es otra forma de decirle que te pertenece y que ejerces poder sobre él.
7.-Decirle que lo queremos porque no nos da problemas.
Si el “contrato” con un niño es: “te quiero a cambio de que no des problema”, el niño vivirá inhibiendo su espontaneidad, autoevaluando al máximo las consecuencias de sus actos, etc. Un excesivo autocontrol impide el crecimiento de la persona y la expresión de la creatividad.
8.- Obligarlos a utilizar las palabras “mamá” y “papá” más allá de la adolescencia, negándoles el derecho a dirigirse a los padres por sus verdaderos nombres.
Estas palabras encierran un compromiso de relación padre-hijos, caracterizado por la dependencia infantil de los segundos a los primeros. Más allá de la adolescencia, es sano renovar este compromiso.
9.-Vestir a dos hermanos de la misma manera. Que el hermano menor se vea obligado a “heredar” ropas y objetos del mayor y a no tener un espacio propio en el hogar.
Implicaría de forma metafórica, no darle “su espacio” a cada uno.
10.- Castigarlo con insultos, golpes, gritos o cualquier tipo manifestación de agresividad.
El niño aprende “los conflictos se solucionan con agresividad” y repetirá este patrón cada vez que tenga problemas. Los castigos deben ser educativos, constructivos, positivos, razonados, relacionados con la conducta a modificar. Añado que la mayoría de las veces, el mejor castigo es el premio a la conducta apropiada.
El niño es dueño de su espacio, contenido y tiempo de juego. Nunca debemos robarle su infancia, por ejemplo haciéndolo excesivamente responsable de sus hermanitos, o queriendo que dedique su tiempo de ocio a las actividades que nosotros no pudimos realizar cuando niños. Los niños son niños y su actividad fundamental es jugar. Jugando crecen en todos los sentidos, aprenden, se divierten, se socializan, interiorizan en su mundo, crean…
Los niños no son receptores vivos proyectos frustrados del árbol.
Ayudemosles a que realicen su propio guión de vida.
Dale a tus hijos la posibilidad de vivir su vida, no la tuya.

martes, 25 de marzo de 2014

EDUCA A TUS HIJOS EN CONFIANZA

En origen la confianza viene de afuera. Gota a gota la confianza se asienta en nosotros mismos a través de la valoración, el aprecio y la ecuanimidad de los demás. Por eso es importante que los Padres sean justos y ecuánimes, que no creen falsas expectativas, que no hagan sentir a sus hijos que son los mejores en todo, ni tampoco los peores en todo, que no los llenen de tareas imposibles, que los confronten con sus destrezas y méritos, que los expongan a los obstáculos y problemas para que puedan sentir lo que pueden y merecen, que los inciten a los aprendizajes y las tareas para el logro de las cosas. Es adecuado también que los Padres muestren a sus hijos los límites, que los confronten con amor y claridad.
Desconozco autor.

sábado, 15 de marzo de 2014

El cuadro más bello.

Un cuento para relatarle a los chicos y mostrarle que  debemos tratar de hacer lo mejor posible todo aquello a lo que nos dedicamos, sin importar los premios que esperemos.


"Había en un país un rey amante de la pintura y la naturaleza que quiso poseer el más bello cuadro que pudiera hacerse de los paisajes de su reino. Para ello convocó a cuantos pintores habitaban aquellas tierras, y una mañana los guió hasta su paisaje favorito.

- No encontraréis una imagen igual en todo el reino - les dijo-. Quien mejor la refleje en un gran cuadro tendrá la mayor gloria para un pintor.

Los artistas, acostumbrados a dibujar los más bellos parajes, no encontraron el lugar tan magnífico como el mismo rey pensaba y, viendo que su fama y su gloria no aumentaría, se propusieron resolver el encargo rápidamente. Todos tuvieron sus cuadros listos a media mañana, excepto uno, que a pesar de pensar lo mismo que sus compañeros sobre el paisaje, quiso pintarlo lo mejor posible. Puso tanto esmero en su trabajo, que al caer la tarde, cuando llevaba ya algunas horas pintando en solitario, apenas había completado un pedacito del lienzo.

Pero entonces ocurrió algo maravilloso. Al ponerse el sol, las montañas crearon un increíble juego de luces con sus últimos rayos y, ayudadas por los reflejos del agua en un río cercano, un extraño viento que retorcía las nubes y los variados colores de miles de flores, dieron a aquel paisaje un toque de ensueño insuperable.
Así pudo entonces el pintor entender la predilección del rey por aquel lugar, y pintarlo con su esmero habitual, para crear el más bello cuadro del reino.

Y aquel laborioso pintor, que no era más hábil ni tenía más talento que otros, superó a todos en fama gracias al cuidado y esmero que ponía en todo cuanto hacía."


Autor Pedro Pablo Sacristán

viernes, 14 de marzo de 2014

El miedo es blandito y suave

Marina era una niña que tenía mucho miedo de la oscuridad. Al apagarse la luz, todas las cosas y sombras le parecían los más temibles monstruos. Y aunque sus papás le explicaban cada día con mucha paciencia que aquello no eran monstruos, y ella les entendía, no dejaba de sentir un miedo atroz.
Un día recibieron en casa la visita de la tía Valeria. Era una mujer increíble, famosísima por su valentía y por haber hecho miles de viajes y vivido cientos de aventuras, de las que incluso habían hecho libros y películas. Marina, con ganas de vencer el miedo, le preguntó a su tía cómo era tan valiente, y si alguna vez había se había asustado.
- Muchísimas veces, Marina. Recuerdo cuando era pequeña y tenía un miedo terrible a la oscuridad. No podía quedarme a oscuras ni un momento.
La niña se emocionó muchísimo; ¿cómo era posible que alguien tan valiente pudiera haber tenido miedo a la oscuridad?
- Te contaré un secreto, Marina. Quienes me ensañaron a ser valiente fueron unos niños ciegos. Ellos no pueden ver, así que si no hubieran descubierto el secreto de no tener miedo a la oscuridad, estarían siempre asustadísimos.
- ¡Es verdad! -dijo Marina, muy interesada- ¿me cuentas ese secreto?
- ¡Claro! su secreto es cambiar de ojos. Como ellos no pueden ver, sus ojos son sus manos. Lo único que tienes que hacer para vencer el miedo a la oscuridad es hacer como ellos, cerrar los ojos de la cara y usar los de las manos. Te propongo un trato: esta noche, cuando vayas a dormir y apagues la luz, si hay algo que te dé miedo cierra los ojos, levántete con cuidado, y trata de ver qué es lo que te daba miedo con los ojos de tus manos... y mañana me cuentas cómo es el miedo.

Marina aceptó, algo preocupada. Sabía que tendría que ser valiente para cerrar los ojos y tocar aquello que le asustaba, pero estaba dispuesta a probarlo, porque ya era muy mayor, así que no protestó ni un pelín cuando sus padres la acostaron, y ella misma apagó la luz. Al poco rato, sintió miedo de una de las sombras en la habitación, y haciendo caso del consejo de la tía Valeria, cerró los ojos de la cara y abrió los de las manos, y con mucho valor fue a tocar aquella sombra misteriosa...
A la mañana siguiente, Marina llegó corriendo a la cocina, con una gran sonrisa, y cantando. "¡el miedo es blandito y suave!... ¡es mi osito de peluche!"

Armando el mundo

Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para disminuirlos. Pasaba días enteros en su laboratorio, buscando respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de 7 años invadió ese santuario con la intención de ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la
interrupción, intentó hacer que el niño fuera a jugar en otro sitio. Viendo que sería imposible sacarlo de allí, procuró distraer su atención.
Arrancó la hoja de una revista en la que se representaba el mundo, lo cortó en varios pedazos con unas tijeras y se lo entregó al niño con un rollo de cinta adhesiva, diciéndole:
— ¿Te gustan los rompecabezas? Voy a darte el mundo para arreglar. Aquí está, todo roto.
¡Mira si puedes arreglarlo bien!
Calculó que al niño le llevaría días recomponer el mapa. Pocas horas después, oyó que lo llamaba:
— ¡Papá, papá, lo hice! ¡Conseguí terminar todo!
Al principio, el científico no dio crédito a las palabras del niño. Era imposible que, a su edad, hubiera recompuesto un mapa que jamás había visto. Entonces levantó los ojos de sus anotaciones, seguro de que vería un trabajo digno de un niño. 
Para su sorpresa, el mapa estaba completo: todas las piezas estaban en el sitio indicado.
—Tú no sabías cómo es el mundo, hijo, ¿cómo lo conseguiste?
—No sabía cómo es el mundo, pero cuando arrancaste la hoja de la revista, vi que por el otro lado estaba la figura de un hombre. Intenté arreglar el mundo pero no lo conseguí. Fue entonces cuando le di la vuelta a los recortes y empecé a arreglar el hombre, que yo sabía cómo era. Al terminar, volteé la hoja y vi que
había arreglado el mundo.

De " La culpa la tuvo la vaca"

La lactancia


Si recordamos que la leche materna no es sólo alimento, sino sobre todo amor, comunicación, sostén,
presencia, cobijo, calor, palabra, sentido... entonces nos resultará absurdo negar el pecho porque “no
le toca”, “ya comió” o “es capricho”. ¿Acaso es capricho cuando necesitamos un abrazo prolongado del
hombre al que amamos? Sólo el alejamiento de nuestra esencia nos conduce a pensamientos tan
violentos hacia nosotras mismas y hacia nuestros bebés.
Cuando las mujeres reafirmamos nuestra relación con la naturaleza salvaje, adquirimos conocimiento,
visión, inspiración, intuición, y la vida misma vibra por dentro y por fuera. “Salvaje” no en el sentido
peyorativo moderno como falto de control, sino en su sentido original, que significa vivir una existencia
natural, donde la criatura se desarrolla con su integridad innata y saludable. Esta cualidad salvaje forma
parte de la naturaleza instintiva y fundamental de las mujeres. Y es el conocimiento de esta naturaleza lo
que nos permite percibir el sonido de los ritmos internos y vivir al son de ellos para no perder el
equilibrio espiritual. Cuando las mujeres nos apartamos de la fuente básica, perdemos los instintos y los
ciclos vitales naturales quedan sometidos a la cultura o al intelecto o al ego, ya sea el propio o el de los
demás. Lo “salvaje” hace saludables a todas las mujeres. Para dar de mamar deberíamos pasar casi todo
el tiempo desnudas, sin largar a nuestra cría, inmersas en un tiempo fuera del tiempo, sin intelecto ni
elaboración de pensamientos, sin necesidad de defenderse de nada ni de nadie, sino sólo sumidas en un
espacio imaginario e invisible para los demás. Eso es dar de mamar. Es dejar aflorar nuestros rincones
ancestralmente olvidados o negados, nuestros instintos animales que surgen sin imaginar que anidaban
en nuestro interior. Y dejarse llevar por la sorpresa de vernos lamer a nuestros bebés, de oler la frescura
de su sangre, de chorrear entre un cuerpo y otro, de convertirse en cuerpo y fluidos danzantes. Dar de
mamar es despojarse de las mentiras que nos hemos contado toda la vida sobre quienes somos o quienes
deberíamos ser. Es estar desprolijas, poderosas, hambrientas, como lobas, como leonas, como tigresas,
como canguras, como gatas.
Sólo permiso para ser lo que queremos, hacer lo que queremos y dejarnos llevar por la locura de lo
salvaje.
Dar de mamar a nuestros bebés es ecológico en su sentido más amplio. Es volver a ser lo que somos. Es
nuestra salvación. Es un punto de partida y de encuentro con una misma. Es despojarnos de cultura y
atragantarnos de naturaleza. Es ingresar a nuestros niños en un mundo de colores, ritmo, sangre y fuego,
y bailar con ellos la danza de la vida.
Para amamantar se necesita introspección, conexión consigo misma y sostén emocional. Se necesita salir
del mundo material y entrar en el mundo sutil, el mundo de las sensaciones y la intuición. Dar de mamar
es conocimiento mutuo y entrega. El bebé se alimenta de la leche, pero por sobre todo se alimenta del
contacto corporal permanente con su mamá.
Los bebés que duermen mucho están solos. Necesitan más contacto emocional y corporal. De nada
sirve despertarlos para introducirles alimento si a los pocos minutos van a ser abandonados otra vez en
el moisés.
Las mujeres nos escondemos detrás de la ingenuidad para “no saber” lo que sabemos. Nos negamos a
abrir la puerta de nuestra conciencia aunque seamos las únicas dueñas de la llave. Es decir, somos las
únicas que estamos en condiciones de bucear en nuestras capacidades y reconocer los saberes
ancestrales, que nos esforzamos por olvidar.
Para criar a un hijo se necesita que alguien cuide nuestras espaldas, que alguien nos sostenga
emocionalmente, ya que el peso de la crianza de un niño pequeño requiere toda nuestra energía y
fortaleza espiritual.

De la web.
Autor: Laura Gutman

martes, 11 de marzo de 2014

Nuestros chicos, están preparados para dejar los pañales?



Esfínteres: control y autoritarismo
Si estuviéramos en una isla desierta con nuestros niños, y contempláramos al bebé humano, con la misma celeridad con la que observamos a los animales, constataríamos que el control de esfínteres real se produce mucho más tardíamente de lo que nuestra sociedad occidental tiene ganas de esperar. Lamentablemente, en lugar de examinar cuidadosamente cómo suceden las cosas, elaboramos teorías que luego pretendemos imponer esperando que funcionen.

Hemos impuesto a los niños el control de esfínteres alrededor de los dos años de edad, con lo que este tema se ha convertido en todo un problema. Si observáramos sin prejuicios el proceso natural, estaríamos ante la evidencia de que los niños humanos la realizan después de los tres años, algunos después de los tres años y medio, o incluso después de los cuatro años. ¡Qué importa!

Sin embargo los adultos -sin pedir permiso a los niños-  ¡Les sacamos los pañales mucho antes! Esto significa que les arrebatamos el sostén, la contención, la seguridad, el contacto, el olor, agregándoles la exigencia de una habilidad para la cual no están aún maduros. Que el niño nombre “pis” o caca” no significa que cuente con la madurez neurobiológica para controlar dicha función.

Sacar los pañales  porque “llegó el verano”, decidir que ya tiene dos años y tiene que aprender,  responde a la incomprensión de la especificidad del niño pequeño y de la evolución esperable de su crecimiento. Cabe preguntarnos  porqué los adultos estamos tan ansiosos  y preocupados por la adquisición  de esta habilidad,  que como otros aspectos en el desarrollo normal de los niños, llegará a su debido tiempo, es decir cuando el niño esté maduro.

Controlar esfínteres no se aprende por  repetición, como leer y escribir. Se  adquiere naturalmente cuando se está listo, como la marcha o el lenguaje verbal.

Ahora bien, si no estamos dispuestas a rendirnos ante la sabiduría del tiempo interno de cada niño,  las mamás lucharemos contra los pis que se escapan, las bombachas y calzoncillos mojados, las sábanas y colchones al sol, los pantalones interminables para lavar, mientras acumulamos rencor, hastío y mal humor en la medida que creamos que nuestros hijos “deberían haber ya aprendido”. En cambio, si dejamos a los niños en paz, después de los tres años, o cerca de los cuatro años, (sin olvidar que cada niño es diferente) simplemente un día estará en condiciones de reconocer, retener, esperar, ir al baño, sin más trauma y sin más vueltas que lo que es: controlar con autonomía los esfínteres.

A mi consultorio llegaron durante años niños con problemas de enuresis de 5, 6, 7, 8 años e incluso de mayor edad. La mayoría de ellos, se hacen pis sólo de noche, mientras duermen. Invariablemente les han sacado los pañales alrededor de los dos años. Los casos de enuresis son muy frecuentes, pero habitualmente no nos enteramos porque de eso no se habla. Total quedan como secretos de familia. He comprobado que cuando las mamás aceptan mi sugerencia de volver a ponerles pañales (caras de horror), los niños los usan el mismo lapso de tiempo que hubiesen necesitado desde el momento en que se los sacaron hasta que hubiesen podido controlar esfínteres naturalmente. Como si recuperaran exactamente el mismo tiempo que les fue quitado. Y luego, sencillamente se acaba el “problema”. Hay padres que opinan que “es contradictorio volver a poner un pañal una vez que se tomó la decisión de sacarlo”. En realidad en la vida probamos, y damos marcha atrás si es necesario y saludable. Simplemente diremos: “creí que estabas listo para controlar los esfínteres, pero obviamente me equivoqué. Te voy a poner el pañal para que estés cómodo, y cuando seas un poco mayor, estarás en mejores condiciones para lograrlo”. Es sólo sentido común. Se alivian las tensiones y finalmente el control de esfínteres se encausa.

Los niños -frente a la demanda de los adultos- hacen grandes esfuerzos para controlar sus esfínteres, pero  ante cualquier dificultad emocional -por pequeña que sea-  se derrumba el esfuerzo desmesurado y se escapa el pis. Luego vienen las interpretaciones: “me tomó el tiempo”,  “me lo hace a propósito”, “él sabe controlar pero no quiere”.

Entiendo la presión social que sufrimos las mamás.  Hay jardines de infantes que no aceptan niños en salas de tres años con pañales. Hay pediatras, psicólogos, y otros profesionales de la salud, además de suegras, vecinas y amigos bienintencionados que opinan y se escandalizan. Pero es posible sortearla con un poquito de imaginación: los pañales son descartables, baratos y anatómicos, lo que les permite a los niños ir a jugar, ir a un cumpleaños, al jardín, sin tener que pasar por la humillación de mojarse en todos lados. Hay quienes no quieren ir al jardín a causa de la probabilidad de hacerse pis. Otros se vuelven tímidos, otros especialmente agresivos mojando cuanta alfombra encuentran a su paso.

Por otra parte, hacer “pis” no es lo mismo que desprenderse de la “caca”.  Muchos niños que controlan perfectamente el pis, piden el pañal para hacer caca.  Es importante que les ofrezcamos lo que están pidiendo, porque nadie pide lo que no necesita. ¿Cuál es el motivo para negárselo?

Yo espero humildemente que alguna vez  nos demos cuenta del grado de violencia que ejercemos contra los niños, envueltos en exigencias que no pueden  satisfacer y que se transforman luego en otros síntomas (angustias, terrores nocturnos, llantos desmedidos, enfermedades, falta de interés) que hemos generado los adultos sin darnos cuenta.

Acompañar a nuestros hijos es aceptar los procesos reales de maduración y crecimiento.

Y si sentimos rechazo por algún aspecto, entonces preguntémosnos qué nos pasa a nosotros con nuestros excrementos, nuestros genitales y nuestras zonas bajas que nos producen tanto enojo. Dejémoslos crecer en paz.  Alguna vez, cuando sea el momento adecuado controlarán sus esfínteres naturalmente, así como una vez pudieron reptar, gatear, caminar, saltar, trepar  y ser hábiles con sus manos. No hay nada que modificar, salvo nuestra propia visión.

                                                                                                                    Laura Gutman

miércoles, 29 de enero de 2014

Mamás solas



Somos muchísimas las madres en el mundo que criamos solas a nuestros hijos, es decir, sin convivir con nadie más que el niño. La mayoría de nosotras no deseó en principio esta situación, y la hemos asumido frecuentemente sin saber muy bien cómo nos arreglaríamos. Puede haber acontecido que hayamos quedado embarazadas de una relación ocasional y sin embargo hayamos sentido que por algún motivo misterioso, ese ser había sido engendrado y estábamos en condiciones de albergarlo, nutrirlo y llevar adelante el embarazo y el parto. Otras veces puede haber sucedido que el embarazo haya sido planeado dentro de la pareja pero el proyecto de seguir juntos no pudo perdurar, y por lo tanto hemos asumido continuar con el embarazo a pesar de la pérdida del hombre amado, el dolor o el desamparo. En muchas otras ocasiones, quizás las más frecuentes, se produce una separación o un divorcio con hijos ya nacidos. Puede suceder que el padre abandone definitivamente a la cría, por los motivos que sean, y las madres asumamos no sólo la crianza sino también la supervivencia de los hijos en términos económicos. La mayoría de las mujeres, aún en situaciones de riesgo, de falta de dinero, de inmadurez emocional o de soledad, permanecemos con nuestros hijos.
Para que abandonemos a los niños, la desesperación, el sentirnos al borde del abismo, la soledad extrema y el miedo tienen que inundar nuestras vidas. En cambio, si tenemos un mínimo registro de nuestras capacidades nutricias, si tenemos confianza en nosotras mismas, y sobre todo, si somos receptoras de apoyo y cobijo, permaneceremos con nuestros hijos aún en condiciones muy desfavorables.
La soledad es quizás el peor panorama para criar niños. Sin embargo, más allá de todas las dificultades reales y muy concretas, ser “mamá sola” posee algunas ventajas. La principal ventaja es que sabemos que estamos solas. Y los demás también lo saben. El hecho que la soledad sea palpable y visible, nos permite pedir ayuda al entorno con relativa sencillez. Esto que parece una obviedad, no lo es cuando vivimos en pareja. A veces  el sentimiento de  soledad es inmenso estando dentro de un matrimonio, pero en esos casos no es fácil reconocerlo y mucho menos que el entorno nos registre “solas” y necesitadas de recibir compañía y sostén.
Cuando criamos solas a los niños, y cuando además trabajamos porque somos las únicas generadoras de dinero, no tenemos más remedio que contar con los demás. Algunas mujeres recibimos apoyo de nuestras familias, donde el sostén se constituye naturalmente: pueden ser nuestras madres o nuestros padres que estén presentes, que ofrezcan ayuda económica, o incluso que en su función de abuelos cuiden directamente a los niños. A veces hay una hermana que actúa como soporte, un grupo de amigas solidarias, o una red laboral que equilibra la soledad y la resolución de problemas domésticos. Hay circunstancias donde estamos en condiciones de pagar ayuda doméstica o un canguro durante muchas horas del día. O existe una madrina del niño que se compromete una vez por semana a ocuparse de él. El jefe de la oficina se torna especialmente solidario porque sabe que somos “madre sola”. Nuestras amigas se organizan los fines de semana, nos invitan a reuniones y preparan los festejos de cumpleaños de nuestros niños. Lejos de ser una situación ideal, rescatemos el hecho de que la “soledad” es clara para todos, principalmente para nosotras. Y desde esa claridad, podemos actuar en consecuencia.
Casi todas las personas devenimos solidarias con una madre sola criando a sus hijos, porque todos podemos imaginar el enorme esfuerzo que conlleva y los obstáculos que en la vida cotidiana tiene que sortear la madre para cumplir con la diversidad de roles, y para que los niños estén bien cuidados y atendidos. Esa solidaridad colectiva, es posiblemente uno de los principales provechos. Y si ésa es nuestra realidad, vale la pena tomarla en cuenta.
Hay algunas otras ventajas menores: Cuando el bebe es pequeño, las madres podemos tener –si somos emocionalmente capaces- toda la disponibilidad afectiva para con el niño. Porque no habrá demanda por parte del varón de atención hacia él, ni de cuidados, ni de escucha, ni requerimientos domésticos. Es decir, si somos capaces de fundirnos en las demandas y necesidades del otro, será completamente en beneficio del niño pequeño en lugar de “dividirnos” entre los pedidos de unos y otros. Este tampoco es un tema menor, aunque no estemos acostumbradas a hablar abiertamente sobre las ambivalencias a la hora de atender a la pareja cuando reclama atención y cariño mientras el pequeño bebé espera su turno. Este “agotamiento” deseando satisfacer necesidades ajenas suele ser muy frecuente cuando estamos en pareja, y mucho más liviano cuando “sólo” nos ocupamos del bebé.
Otro hecho que se da mucho más naturalmente cuando estamos solas, es el dejarse fluir en el contacto corporal con el niño, especialmente por las noches. Cuando el cansancio nos agobia, cuando sólo queremos dormir y no tenemos más fuerzas, cuando el niño llora pidiendo contacto y caricias…pues no hay nadie para decirnos qué es lo correcto hacer o no hacer. No hay nadie para opinar a favor o en contra, nadie para dar consejos, nadie para ayudar pero tampoco nadie para interponerse. Simplemente nos tumbamos en la cama con el niño en brazos, tratando de dormir cuanto antes. Con el niño aferrado a nuestro cuerpo y sin molestar a nadie.
Parece una obviedad pero no lo es. La mayoría de las madres que vivimos en pareja y que quisiéramos intentar dormir por las noches trayendo a los niños a la cama, solemos encontrarnos con la negativa del varón, ya sea por prejuicio, por miedo, por incomodidad o por sentirse afuera del vínculo. En cambio, las mamás solas –en circunstancias similares- podemos decidir unilateralmente el mejor modo de atravesar las noches, que –todas lo sabemos- pueden constituir la parte más dura en la crianza de los niños pequeños.
Por supuesto que estar sola en la crianza y en la vida cotidiana, no es maravilloso ni mucho menos. Todos necesitamos compañía, interacción y diálogo. Y mucho más si estamos criando niños pequeños. Por lo tanto, si no tenemos pareja, nos veremos en la obligación de imaginar otros tipos de sostenes y ayudas, para que nuestra experiencia maternal sea lo más feliz posible y para que los niños reciban el amor y el cobijo que merecen.
Personalmente, creo que la mejor opción cuando no hay varón o no hay varón sostenedor, es la  red de mujeres. Tengo la certeza de que hemos sido diseñados como especie de mamíferos para vivir en comunidad, y que a lo largo de la historia hemos constituido tribus o aldeas para compartir la vida. Hoy en día los grandes centros urbanos se han convertido en el peor sistema para criar niños, ya que las madres estamos cada vez más solas y aisladas, por lo tanto los niños tienen pocas personas a quienes recurrir en sus rituales cotidianos.
Necesitamos reinventar un esquema antiguo pero con parámetros modernos, siempre y cuando haya un conjunto de mujeres criando niños. No importa cuántas ya que una sola madre no logra criar a un niño. Pero cinco madres juntas pueden criar a cien niños. El secreto está en el conjunto, en la solidaridad, la compañía y el apoyo mutuo.  Ninguna mujer debería pasar los días a solas con los niños en brazos. La maternidad es fácil cuando estamos acompañadas. No juzgadas ni criticadas ni aconsejadas. Simplemente junto a otras personas, en lo posible junto a otras mujeres que estén experimentando el mismo momento vital. Cuando las mujeres estamos intercambiando conversaciones, bromas, llantos o recuerdos con otras madres, nos resulta muy liviano permanecer con nuestros hijos. En cambio, cuando estamos solas, creemos que no somos capaces y suponemos que deberíamos dejar a los niños al cuidado de otras personas para “ocuparnos de nostras mismas”. Frecuentemente no registramos que el problema está en la soledad de permanecer junto al niño. No en nuestra incapacidad para amarlos.
Por eso, insisto, es responsabilidad de las mujeres reconocer que  necesitamos volver a juntarnos. Que si funcionamos colectivamente y dentro de circuitos femeninos, la maternidad puede resultar mucho más dulce y suave. Y que “mamá sola”,  es aquella que no es comprendida, apoyada ni incentivada, aunque conviva con muchas personas. Y “mamá acompañada” puede ser una mujer que no tenga pareja, pero que sin embargo cuente con el aval de su comunidad.
Laura Gutman
Fuente: www.lauragutman.com.ar

EL NIÑO CON SUS PADRES ES COMO UN ESPEJO

Si un niño no ama a su padre, que le resulta indiferente, es por culpa del adulto. Como no fue amado, es incapaz de sentir amor. Tiene el corazón blindado. ¿Sucede lo mismo con la madre? Una madre ausente, insatisfecha, que odia a los hombres, provoca en su hijo que se cierre las puertas del triunfo. Si no ha sido amado piensa que es porque no lo merece ¿Qué hacer cuando no se tienen sentimientos paternales? Si no tenemos sentimientos paternales, debemos imitar el amor. De imitación en imitación finalmente el corazón se libera de sus blindajes y deja expandirse el amor que siempre estuvo en él, pero retenido. Preguntamos al centro intelectual ¿Qué es ser un buen padre? Si no hacemos estos esfuerzos, en lugar de ternura daremos órdenes…convertidos en dictador. 

Alejandro Jodorowsky, extractos de Cabaret Místico.
Fuente Plano Sin Fin